SEKOU - Raíces de Libertad | Amor y resistencia en tiempos de esclavitud | Adelanto Exclusivo
Ramón del Pozo Rott

SEKOU

Raíces de Libertad · Un adelanto literario exclusivo
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Prólogo

En 1750, la aldea de Juffure, en la orilla del río Gambia, era un lugar donde el tiempo obedecía a los ritmos del agua y del baobab. Los niños corrían descalzos sobre la tierra rojiza mientras sus madres molían el mijo y sus padres enseñaban a los jóvenes el arte de escuchar: el crujido del monte antes de la lluvia, el susurro de las estrellas, el lenguaje secreto de los pájaros que anunciaban el peligro. Sekou Diallo tenía quince años cuando el mundo que conocía se rompió en pedazos que nunca volvieron a encajar. Esta no es una historia de héroes sin miedo. Es la historia de un niño que tuvo miedo todos los días, que temblaba al escuchar pasos, que lloraba en silencio para no despertar a nadie y que siguió adelante a pesar de todo eso. La valentía, comprendió Sekou con los años, no es la ausencia de miedo. Es seguir respirando cuando el miedo te dice que pares.

Esta es también la historia de Binta Kouyaté, cuyo nombre nadie pronunció con respeto en la plantación durante años, cuya dignidad sobrevivió a golpes que habrían destruido a cualquier persona con menos raíces. Y es la historia de Samuel, de Elijah, de todos aquellos cuyas huellas quedaron en la tierra sin que nadie las registrara. Desde las costas del río Gambia hasta los campos de algodón de Mississippi, desde la oscuridad de la bodega del Estrella del Sur hasta la luz temblorosa de una cabaña donde aprendió las primeras letras, la vida de Sekou es un hilo que atraviesa la historia más oscura de América. Un hilo que no se rompe. Que se tensa, que sangra, que arde, pero que no se rompe. Leer estas páginas duele. Está bien que duela. Ese dolor es el precio de recordar a quienes no pueden ya contar su propia historia.

La libertad no siempre llega como un grito. A veces es un silencio que empieza a pesar demasiado.

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Capítulo I · Donde nacen los nombres

El sol no salía en Juffure. Despertaba. Había una diferencia, y Sekou la conocía desde que era tan pequeño que apenas llegaba al primer escalón del baobab. El sol en otros lugares, en los pueblos del norte que visitaban los comerciantes, en las ciudades que describían los ancianos con voz de quien habla de sueños, simplemente aparecía, frío y repentino, como una orden. Pero en Juffure el sol llegaba con cuidado, filtrándose primero entre las hojas más altas como un susurro dorado, tocando la tierra húmeda, las paredes de barro encalado, los rostros todavía cerrados al mundo. Llegaba oliendo a humo suave de los primeros fuegos, a grano molido, a la resina dulce del árbol que crecía junto al río. Llegaba oliendo a hogar. Sekou corría. Sus pies descalzos golpeaban la tierra con la ligereza de quien aún no conoce el peso del mundo, levantando pequeñas nubes de polvo ocre que se deshacían en la luz de la mañana. Reía con todo el cuerpo, no solo con la boca: con los hombros, con el pecho, con los brazos abiertos como si quisiera abarcar el aire entero de la aldea. A sus espaldas, entre los árboles de mango y los arbustos de hibisco, corría Sira. Su hermana tenía trece años y la terquedad luminosa de quien sabe que perderá la carrera pero se niega a parar. Tropezaba, se levantaba, volvía a correr con una expresión de concentración feroz que Sekou adoraba aunque nunca se lo decía.

—¡Te voy a alcanzar, Sekou! ¡Hoy sí te atrapo! —¡Nunca! —respondía él, girando sobre sí mismo sin aminorar el paso—. ¡Tendrías que crecer diez años más! La risa de Sira llegó hasta él mezclada con una maldición en mandinka que le había enseñado el viejo Foday, su abuelo, y que Aminata frunció el ceño al escuchar desde donde removía el desayuno junto al fuego.

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